






Entrevista publicada en La Posición Nº 9/10 - Noviembre de 2006.
sábado, febrero 16, 2008
DIÁLOGO INCONCLUSO: Osvaldo Costiglia
Publicadas por . a la/s 4:28 a. m. 0 comentarios
Etiquetas: Entrevistas, Fabián Wirscke, Maximiliano Crespi, Osvaldo Costiglia
jueves, enero 10, 2008
LA BOLSA O LA VIDA: MARTEL
LA BOLSA O LA VIDA: MARTEL
Por Fabián Wirscke
“El presidente de la República, en acuerdo de ministros, podrá ordenar la expulsión de todo extranjero cuya conducta pueda comprometer la seguridad nacional, turbar el orden público o la tranquilidad social”.
Proyecto de ley de residencia presentado por el senador Miguel Cané, 1899
Si el ensayo es, de algún modo, una práctica en la que un sujeto se siente interpelado por objetos del pasado y del presente, como si al tomar contacto con una vieja publicación en la que un número tras las duras y verdes tapas que lo cubren, nos revela, de golpe, la fecha de una primera edición, también es, de un modo no menos manifiesto, la imperiosa necesidad animada por la escritura que la interpela, en un acto que acerca y aleja el objeto encontrado de las lecturas que los constituyeron como tal. Aquí tenemos, pues, a la única novela de Martel, legada a los estantes de la historia y la literatura argentina. Y una primera aproximación nos hace entrar de lleno en el ambiente amenazador con que abre sus puertas: los primeros elementos que aparecen en La Bolsa son del orden de lo natural. Lluvia y viento penetran la ciudad. La naturaleza “personificada” recorre con velocidad cinematográfica las instituciones públicas, desde “la plaza de Mayo” hasta la “Aduana”, pasando por el “Congreso” y hasta “abofeteando la pirámide gloriosa”. Los “hilos del teléfono” y la “Estación Central” ingresan en esta primera escena como manifestación de los grandes avances tecnológicos: comunicación a distancia y red ferroviaria. De pronto, adviene el movimiento febril, “el ruidoso estertor y el silbido penetrante de las máquinas de los trenes” se confunde con “el grito agudo de los vendedores de diarios”, “tranvías”, “coches” y “carros”. Pero, ¿cuál es el propósito central de estas primeras páginas? Es, sin duda, presentarnos de entrada a esa otra institución que pervierte todos los estamentos sociales de una ciudad descripta como promiscua: “El corazón de las corrientes humanas que circulaban por las calles centrales como circula la sangre en las venas, era la Bolsa de Comercio”. Ya sabemos dónde está el “problema”. Buenos Aires es un organismo vivo y el flujo incesante de este “cosmopolitismo”, confuso y lucrativo, atrae la atención de los Otros. Las metáforas biológicas “esclarecen” el panorama social y, tras cartón, como síntoma emergente de la mirada marteliana, brotan “esos parásitos de nuestra riqueza que la inmigración trae a nuestras playas desde las comarcas más remotas”. Metáforas que implican, en una salida del texto, el público hacia el que están dirigidas. Desde el vamos, la voz del narrador se despacha contra los “turcos mugrientos”, “charlatanes ambulantes” y “mendigos que estiraban sus manos mutiladas”. Y esto como para empezar. Hasta que el ojo clínico se va adiestrando en reconocer el terreno sobre el que avanza, hasta que esos agentes naturales se repliegan y empiezan a emerger las imágenes de los primeros personajes, todos ellos vinculados al recinto de la Bolsa, recortados sobre el fondo del caos y la babelización.
Publicada en 1891 en forma de folletín en el diario La Nación, pero escrita tiempo antes de esta fecha, cuando ya sonaban los ecos de la revolución del 90 encabezada por Alem, La Bolsa, de José Miró, más conocido por Julián Martel, alcanzó rápidamente junto con su autor una notable repercusión. El subtítulo de la misma es “estudio social”, enunciado que la embreta en un cuadro de coordenadas naturalistas y positivistas. “Preferían el descubrimiento de la realidad a las idealizaciones tan caras del romanticismo”, escribe Diana Guerrero (La Bolsa, Huemul). Del estudio -el diagnóstico de la realidad- hasta el costumbrismo de Payró, con sus matices y virajes geográficos, el problema será una constante: la inmigración. Este hecho social se entronca en la base del programa liberal y sus no deseadas consecuencias. Hecho que, a lo largo de la historia, permite traer al presente textos de fuerte incidencia en la estructura cultural y política.
Un derrotero de lecturas nos remontaría a un libro de prematura publicación. Me refiero a los urgidos comentarios motivados por la temprana y comparativa pluma de Ernesto Quesada quien, en Dos novelas sociológicas (1892), enlaza a La Bolsa y Quilito de Carlos María Ocantos. Esta última publicada en París en 1892. El apuro de Quesada muestra lo preocupante de la agitada situación social, sintiéndose corroborado y comprometido a intervenir en el asunto. No es para menos. El desbarajuste que producen los “gringos” en la estructura del pensamiento liberal induce a Quesada, que lee La Bolsa como literatura al servicio de la ciencia, a ampliar el cuadro conjugando otros horizontes que le sirven de modelo: si Martel, este joven novelista, condensa el relato en los personajes típicos engendrados en ese antro de perdición que es la Bolsa, Quesada, el comentarista, sin perder un minuto, se siente en la necesidad de ir al otro extremo. Porque estamos a menos de una década de entrar en el siglo XX, y la potencia del norte ya ha resuelto este problema prescindiendo de “endeudarse y ser presa de mercaderes y judíos”. Por contraste, y debido a una mala “selección”, la Argentina sufre “en nuestro desarrollo social un elemento perturbador, que no se dejó sentir en la América del Norte”. El polígrafo de la generación del 80 trae a su presente histórico el mismo fenómeno pero visto a través del paradigma de Estados Unidos. La Bolsa es, entonces, para el infatigable viajero y “sociólogo cientificista”, un fenómeno internacional. La institución, se encuentre en Europa o en el Norte, o en cualquier lugar del mundo, funciona como un faro que atrae inmigrantes y capitales. Por lo tanto, hay que actuar en consecuencia, y esto implica hacerlo de acuerdo a las condiciones geográficas y a las razas atraídas por esa luz religiosa emanada del misterio capitalista. Y un hombre como Quesada, acostumbrado a demostrar hipótesis, será designado por el gobierno de Juárez Celman, que lo tiene en cuenta por sus conocimientos económicos para reglamentar el funcionamiento de la Bolsa de Comercio. El informe es publicado como apéndice en Dos novelas sociológicas y data del año 1890, en vísperas de la revolución de julio.
La historia, y los textos que la refieren, con sus preocupaciones por organizar el país, demuestran aun la posibilidad de encausar el fenómeno inmigratorio. Para esto, y debido a la condición periférica de Argentina, se evidencia el hecho público de arrimar a la elite liberal autóctona las experiencias de los centros capitalistas que supieron resolver el problema. Por lo tanto, Quesada abre la perspectiva con la que agudiza el repaso, y es el pragmatismo de Estados Unidos lo que, a todas luces, se le evidencia como el anclaje desde el cual trabajar. Las demarcaciones, con los que se intenta ampliar el campo de la razón, transitan un recorrido con el fin de reforzar los límites de la clase dirigente. Pero son los límites que, si se justifican en el plano de una escritura crucial entre literatura y política como emergentes de clase, más tarde, habrá que echar mano a la “Ley de residencia” para cerrar el cerco y espiritualizar la historia.
¿Pero qué piensa Quesada de Martel, de este joven escritor que ha pasado a la historia con su única novela bajo el brazo y que murió muy pronto? En un trato serio y de respeto hacia el flamante incorporado a las huestes de los intelectuales al servicio de La Nación, otorga la categoría de “señor” a Julián Martel, joven que hasta ese momento sólo tenía aspiraciones literarias, un apellido más o menos ilustre y poca o nada fortuna. Un pura sangre ha nacido. Es aceptado y se recubre de fama. Su obra le permite ascender socialmente, cartearse con argentinos en Europa y, aunque desearía escribir sobre otra cosa, algo inquietante está pasando en la ciudad: “Es imposible, de todo punto imposible, emanciparse de la influencia del medio ambiente, dejar de ser contagiado por la atmósfera de negocios que allí se respira. Todos, abogados, médicos, ingenieros, y ¡hasta sacerdotes! (yo los he visto) abandonan los menesteres de su cargo, y se ocupan de seguir los movimientos de los títulos, de observar el valor de la tierra y de lamentar la depreciación del papel” (carta a Gregorio de Laferrère, Historia de la Literatura Argentina, Ricardo Rojas). El inédito material al que alude Rojas revela los vertiginosos cambios en La gran Aldea. Los avances tecnológicos y el desembarco de inmigrantes son el fondo de esta matriz histórica que hace saltar, al plano de la escritura y, por efecto, al despliegue de una subjetividad que tiene que ir al encuentro de lo considerado como obsceno, porque, como apunta Viñas “al fin y al cabo, el naturalismo no era tan complaciente”.
Es claro: la oligarquía absorbe y se siente llamada a declarar los principios rectores de la patria. Todo aquel que quiera colaborar y tenga condiciones será bienvenido porque no hay tiempo que perder. Para esto, en una época de dramatismo punzante, nada mejor que ingresar al mundo cultural por la vertiente de las letras. Y ahí está Martel, sumando a la superestructura liberal el primer manifiesto antisemita. Porque ellos, los judíos, son los culpables y alguien tiene que pagar el pato, sobre todo si se piensa que en la Buenos Aires de 1890 los extranjeros son más de la mitad de la población. Pero los inmigrantes judíos apenas si alcanzaban a un centenar. No importa. Las palabras de Alberdi suenan a herejía: “No temáis, pues, la confusión de razas y de lenguas. De la Babel, del caos, saldrá algún día brillante y nítida la nacionalidad sudamericana”. Pero, como apunta Viñas, la inmigración ya es vivida como invasión. Desplazamiento que proyectará un constante replegarse y la búsqueda de una filogenia andaluza a lo Calixto Oyuela. Paralelismo que el propio Quesada hará suyo en su extenso ensayo En torno al criollismo.
Volviendo a la novela, que al fin y al cabo es la que convoca una historia de las lecturas, se lee en una sus páginas: “promiscuidad de tipos y promiscuidad de idiomas”. La conspiración que puede provenir de esta mezcolanza hace que el narrador –y más tarde los personajes-, comience a pronunciarse en fuertes tonos de oratoria moralista, y a renglón seguido, un catálogo de lenguas desperdigadas irrumpe con la disonancia de las jergas que asquean por su proximidad: “Aquí los sonidos ásperos como escupitajos del alemán; allí los acentos viriles del inglés haciendo dúo con los chisporroteos maliciosos de la terminología criolla; del otro lado las monerías y suavidades del francés”. Estamos en el centro de La Bolsa. Y la escasa o nula complacencia del naturalismo describe al personaje central, el doctor Glow, como un abogado que ya no ejerce y que se dedica de ahora en más al mundo de los negocios: “era el tipo común del especulador de entonces. Hombre sano en un principio, mareado luego por la atmósfera corrompida, asimilado a ella después”. La coordenada que sintetiza la historia del personaje es sano-corrompido-asimilado. Y llegará a la locura en un final no sin visos de patetismo cuando pronuncie: “-Soy la Bolsa.” Por supuesto, todo gira en torno a la Bolsa. El monstruo finalmente se come al personaje. Afirmación que nos reenvía a la carta anteriormente citada en la que Martel escribe: “Yo estoy metido hasta los ojos en la Bolsa, y Dios quiera que no pierda más de lo que tengo”. No importa si Martel especulaba o no en la Bolsa. Aunque estaría permitido figurarse a un Martel como alguien que comprobó físicamente los avatares especulativos, puesto que describe la arquitectura del recinto y sus personajes pululantes, exasperados algunos, conspirativos otros, bajo la mirada del periodista que ve y comprueba la rapidez de los acontecimientos y la debacle. Rapidez que, por otra parte, es la misma que sustenta la novela. Pero parece más interesante destacar, como rasgo sintomático, restituyendo los textos al presente, el grado de conmoción social que produjo esta institución y las quejas de un embrionario autor: “¿Cómo no han de acudir a mi memoria las gratas reminiscencias de aquellas discusiones interminables que sosteníamos paseando a lo largo de una avenida o bajo los árboles de los jardines de la Recoleta? Esto no se olvida nunca, Gregorio; nunca!”. Mirada hacia atrás y, correlativamente, hacia Europa. Y mirada hacia lo que se viene manifestando como algo incontrolable, presente y concreto. Quizá, el escudriñamiento de la realidad, sea vivido como una obligación, y entre las confesiones privadas y el ejercicio de las letras Martel se sienta desgarrado. Lo corrobora el trance, a través de su pluma, a apurar proféticamente la llegada al abismo que se acerca. Un tono de pérdida recorre el capítulo lX enviando señales a la carta que precariamente desglosamos, a esa zona de lamentaciones, de horas perdidas en alguna avenida de la Recoleta. Ya no se puede pasear tranquilo ni perviven las condiciones pretéritas “donde nacen las afecciones duraderas y donde se cobra bríos para emprender una carrera que de suyo está erizada de dificultades y sinsabores: la carrera literaria”. Descubrimos así, en esta subjetividad de tono confesional, la otra cara de Martel, el revés de esa trama histórica indeseable a los ojos del “poeta”, a quien se le escapa, en desahogos elegíacos, otro catálogo en la novela, no ya de lenguas sino de personajes que pasean con sus carros por la avenida y que van “¡Corriendo al abismo!”: “Allá va el buen doctor, como representación viva de la especulación irresponsable”... “el francés representa el inmigrante aventurero, que tanto ha contribuido a crear los males que hoy nos agobian”
Como se dijo: la ciudad ha cambiado y ahora las urgencias son otras. Lo demuestra el tironeo en el terreno público de la literatura y en el privado de las cartas, contradicción amparada por una ficción a media altura en una zona, y por el anhelante deseo de “departir con pares un poco sobre temas de alguna elevación” en la otra. Y si hay que conjurar el mal, también habrá que despegarse de las reminiscencias románticas, pero sin dejar de acudir a la vieja Europa, y en un ademán de cuño enciclopedista, leer ese libro que tanto escándalo está causando en el viejo mundo: La France Juive, de Edouard Drumont, consagrado vocero del antisemitismo en Francia. Libro que es citado en la propia novela como prueba irrefutable de que “la República Argentina está amenazada del mismo peligro” sufrido por Europa. Una suerte de conspiración internacional penetra a través de los capitales importados, y en La Bolsa por medio del personaje Barón de Mackser, enviado de Rothhschild, apellido de familia judía de banqueros. Hipótesis nefasta y a todas luces estrafalaria por lo que ya se dijo, pero el discurso de la derecha europea repercute fuertemente en la Buenos Aires de entonces, y levanta el mito de una sombra que se extiende con fuerza por todo el mundo.
Conspiración travestida de personajes, promiscuidad en el desembarco inmigratorio, fiebre del oro californiano en las playas del Plata, crisis económica que estalla con la revolución del 90, son algunos de los tópicos que emergen alrededor y en el interior de La Bolsa, en el cuadro que puede reconstruirse hacia fines del siglo XX. Volviendo al libro de Quesada, y como corriendo en paralelo, pero desde la visión de un colaborador del gobierno de Juárez Celman, se aprueba este análisis y se trata de actuar en consecuencia. Apariencia y realidad, podría decirse, son las dos puntas que intenta separar la novela. Describir y desentrañar esa “segunda naturaleza” tejida en torno a la Bolsa parece ser el propósito de Martel. Una suerte de diagnosis social, para usar un término médico tan en boga en aquella época, y que sirve como valioso testimonio al ensayo de Quesada.
Publicadas por . a la/s 7:34 p. m. 0 comentarios
Etiquetas: Ensayos, Fabián Wirscke
PAYRÓ: ESCRITURA Y PROGRESO
PAYRÓ: ESCRITURA Y PROGRESO
Por Fabián Wirscke
“Julián.-¿Que en casa no hay? ¡Harto lo sé! Pero no te atribules: aquí está la varita de la virtud. (por las cartillas que tiene sobre el escritorio.) Estos papelitos nos darán todo lo necesario... y más”.
Roberto J. Payró, El triunfo de los otros (1907)
Consideraciones previas: Por diversos motivos este autor tiene mucho para decirnos en relación a su itinerario. Escritor educado bajo el círculo de la generación del 80 pero con proyecciones diferentes a las de sus padres políticos. Estos, hijos de proscriptos y de estirpe linajuda, se sintieron llamados a realizar un mandato en nombre de intereses bien definidos.
El advenimiento del periodismo, en tanto máquina cultural productora de significaciones simbólicas, alcanza un apogeo inusitado hacia fines del siglo XIX y principios del XX. El mismo Payró, en su estadía en Bahía Blanca, funda uno de los periódicos opositores al régimen, La tribuna (1888). Este diario se convertirá en órgano de la Unión Cívica hasta su quiebra conjuntamente con el fracaso del levantamiento armado.
Más tarde trabajará como periodista para La Nación, órgano para el cual escribirá las crónicas de sus viajes a la Patagonia y al norte del país.
Debido a una serie de notas que publicara en el diario de Mitre, por quien profesara una admiración constante, surge la idea de crear una Asociación de escritores. Un lugar en el que se pueda recibir a escritores extranjeros y que funcione como defensor de los intereses de periodistas empleados por la industria cultural que se pone en marcha.
Esto lo lleva a erigirse en la figura del primer escritor profesional de nuestra literatura.
Pero también fue fundador del Partido Socialista, del instituto Geográfico Argentino y creador de la Biblioteca Obrera junto con Lugones
La moral de la forma: Puede decirse que la escritura de Payró se nos presenta como una producción vertiginosa, un progresivo descubrimiento y aplicación de técnicas narrativas cuyas bases fundamentales encarnan en el realismo. ¿Con matices?, por su puesto. Un escritor que nace como tal en lo que llamamos la generación del 80, y que avanza a paso firme hacia el siglo XX, va tallando una figura de sí a medida que se crean necesidades en el campo de las exploraciones territoriales de un país. Vivir afuera, en el “pago chico”, en el norte, en la Patagonia. Recolectar datos bajo la lupa del paradigma positivista o bien pintar cuadros costumbristas con “determinados” tipos sociales, son algunas de las vetas que se desprenden de un Payró en proceso de producción continua.
El avasallante pulso que promueve el periodismo, ese artefacto de publicitación simbólica y política, permite pronunciarse en contra del régimen, pero, más tarde, impone sus condiciones.
Porque si prolongamos la metáfora del progreso, tanto sea en lo económico como en lo cultural, en un recorte de su obra se pueden apreciar marcas y actitudes conducentes a presentarnos en sociedad una nueva clase y su productor.
Efectivamente, Payró se va definiendo no sólo como una figura sino como una conciencia en cuya estructura no faltan las esencias ideales.
Sin embargo, en El triunfo de los otros (1907), una de sus obras de teatro, quiere meterle drama a una coyuntura histórica en la que se cruzan la figura del escritor profesional, jornalero de la pluma a sueldo en tanto resultante de un nuevo dispositivo de producción, y ciertos ideales emancipatorios. Cabría preguntarse, ¿quiénes son los otros antes y después del centenario?
Bajo la lupa: Puede leerse a Payró como un sociólogo de la barbarie: desde la distancia culturalmente liberal que impone su mirada, se recrea uno de los dramas argentinos cuyo embrión, como metáfora fundacional, es de origen sarmientino: civilización y barbarie. Bien. la tragedia y la farsa. La sangre y la caricatura. Núcleos condensatorios desplazados por marcos preceptuales definidos con una intención satírica.
Este programa cada vez más aceitado, argumentará tácitamente una finalidad que, por desgaste, dejará entrever las contradicciones de un socialista del 900.
Crítica y técnica: Pago chico (1908) es quizás su obra más conocida. En ella pueden rastrearse personajes “tipos” configurados bajo la luz de una psicología precaria pero no sin ademanes positivistas. “Las memorias de Silvestre”, uno de los cuentos o parte de la novela según cómo se lo encare, bien pueden funcionar como parodia a las memorias de cuño autobiográfico de los “ilustres” personajes de la generación del 80. Se supone que es lo que se promueve en la obra, ver en el “pago” la parte por el todo, si es que se acepta la tesis de entender su obra como crítica a la oligarquía (El fuego de la especie, Noé Jitrik, 1970).
No obstante, todo suena a reproche simplón, simpático. Juzgo, critico, pero hasta ahí no más. Y este procedimiento cristaliza en la sátira simpática, “un género peculiarísimo, de difícil e imposible filiación” (Contorno, Guillermo Steffen, 1955)
El humor y la hibridez de los personajes: el humor payrosiano intenta atemperar lo que les falta a sus personajes para llegar a ser lo que está más allá de su hibridez y que ésta les impide. La dimensión universal imprime un imperativo categórico cuyo juicio se traspasa al deseo del lector.
La marca del lenguaje culto, esa herencia cultural que recoge y de la que hace uso Payró, es la de una escritura que por momentos, y mediante el humor, se dice a sí misma: no hay nadie que me sirva de interlocutor.
Como señalara Jitrik en el ensayo antes citado Payró, al igual que Lugones, no puede desprenderse de las esencias. Sus personajes están construidos en relación a un cuadro general, en el que se quiere hacer notar la ausencia de un tercer elemento que complete, en el marco de ese horizonte, la contracara que moralmente debe instituirse como tal.
Pero esa figura es un impulso que se está gestando, un guiño político hacia el otro. Es claro: una moral positiva es la finalidad perseguida por el esquema narrativo que cubre el plano geográfico con un discurso que quiere inscribir las pautas que permitan al lector emitir un juicio. Y como todo desplazamiento o accionar se realiza con una justificación ética, de este modo se funda el caldo de cultivo de una moral burguesa del progreso, cuya positividad encarna en el armazón para una incipiente clase media.
Publicadas por . a la/s 7:20 p. m. 0 comentarios
Etiquetas: Ensayos, Fabián Wirscke
LA GRAMÁTICA DE CASTELNUOVO
LA GRAMÁTICA DE CASTELNUOVO
Por Fabián Wirscke
“Quien dispone de la escritura ejerce un poder esencialmente apropiatorio. Pero más tarde, cuando la oposición entre saber y no saber escribir clasifica a las personas en relación con el poder –el letrado era algo así como la cabeza y la mano del Estado y el iletrado sus espaldas-, el escribidor condensa en su producto, como si la escritura fuera un atributo propio de él, de su ámbito personal, esa cualidad simbólica que tiene para el poder.
En esa instancia, además de consagratoria, como símbolo del poder, la escritura muestra su cualidad apropiatoria sobre todo en la escritura de las relaciones entre las personas y de ellas con las cosas.”
Noé Jitrik
En las primeras décadas del siglo XX Argentina participa de un convulsionado proceso de modernización, período que cuenta con una insipiente masa inmigratoria, entre otros actores sociales. En el ámbito cultural, Buenos Aires se va definiendo como un territorio geográfico y político. La lengua es el reservorio de mitos y estrategias regulatorias, es asumida como necesidad y raigambre por su carácter simbólico, al mismo tiempo que dramatiza la urbe. Esa consolidación reciente aparece como telón de fondo de un “desierto” (la pampa y sus confines), sometido a las leyes de la civilización, a la vez que permite la mediación de cierta identidad para ser “leída”. La conquistadora voz de la lengua asume los ecos de una resonancia interna, trazando fronteras y anexando territorios al conjurar la elemental materia designada por ella. Se extiende, traza, mensura y objetiviza todo aquello que se pueda reificar como valor de cambio: la gesta de la gramática. Estos movimientos prefiguran el obstinado afán de consolidar un “Destino”, cuyos bordes, bien hilvanados para resistir los embates, se resquebrajan con la aparición de otras voces que, de algún modo, sacuden la lengua.
El libro, cerrado para una clase, se abre para la otra, es abierto y descifrado sólo por la clase que detenta el Saber de la Biblioteca, su cuidadosa clasificación alfabética, el tiempo necesario para la fermentación de las etimologías, para exponerlas como una suerte de casuística, a la que se apela o se oculta según convenga, como todo Saber, a la cultura guardiana. Pero lo que nos interesa preguntarnos bordea sobre las condiciones materiales que hacen a la formación de un escritor y sus relaciones con la producción de textos. En este sentido, la literatura conforma un espacio sustentado por intervenciones políticas y polémicas. Prueba de esto es la ya renombrada disputa entre Boedo y Florida, entre un grupo de escritores que apunta a la problemática social del hombre y su tiempo, y otro, atento a las vanguardias europeas. En principio, podría pensarse que quienes convergen en Florida, acceden a un capital simbólico que se superpone con la riqueza económica. La herencia se acumula semánticamente, y abre un campo extendido en dimensiones que abarcan desde lo lingüístico (con un arco de metáforas y abstracciones), hasta la propiedad del capital tangible, concreto: la Biblioteca. Una genealogía de clase recorre el trayecto de la gran familia del Saber. La tradición sustenta este Saber, lo acumula y lo transfiere, lo produce y reproduce en tanto comporta mecanismos de lectura compartidos, a los que la vanguardia trastocó formalmente con su aparición en el campo cultural. Frente a ella, más bien lejos, atómicamente, se levanta el vivo discurrir de otros lenguajes disonantes entre sí, independientes en su fuerte inmanencia chirriante: los del conventillo y la mezcla, lo que podríamos llamar la intemperie del saber.
A estas otras “subculturas” las podemos designar con una metáfora que condensa los avatares y tropiezos en un conglomerado anárquico de voces y saberes: el libro “des-hojado” (Nicolás Rosa, “La lengua del ausente”, 1999). Este soporte, desmembrado y fragmentario, aparece en escena como correlato de los “saberes del pobre”, emparentados con la manualidad del artesano, a la deriva, en un itinerario que marca interrupciones y en donde el camino se va haciendo con materiales descartables. Digámoslo así: el saber interrumpido.
Pero tomemos ciertos recaudos: lejos de presentar una dicotomía tajante entre ambos polos, bien podría pensarse este conflicto, o al menos resultaría más pertinente, en términos de “apropiación” por parte de aquellos que se disputaban el predominio de concebir el mundo “en” la literatura. Propósito que incluiría la presencia de la oralidad y el uso de términos que pertenecerían a la “alta” o “baja cultura”.
El libro que nos interesa es lo que nos ha dejado Elías Castelnuovo, escritor boedista., en sus “Memorias”. Convocadas a extenderse en páginas autobiográficas presuponen la desandadura de una vida: el que escribe se somete a la antigua tarea de rememorar, y en ella, la peregrinación se funde con lo religioso impregnando la escritura del autor. Lo que nos permite traer al ruedo una noción y una práctica occidental: la oración. Concebida desde hace siglos como dispositivo estructural (el milagro y la plegaria como géneros literarios) y estructurante (la actualización del rito religioso). En ambos casos la construcción de una subjetividad es el fin. Pero a la vez plantea un impedimento que anula un más allá de la lengua y de la significación, al mismo tiempo que, al tratarse, aquel, de un relato de la supervivencia, debe remitirse a “lo necesario”, tanto en lo que es narrado como en la materialidad del relato y su imaginario “pobre”. Sujeto y sujeción, sería el enlace expuesto por la norma, cuya fórmula se resuelve en un invariante tono salvífico, lo que da como resultado una alineación sin fisuras. El narrador, atestiguando la imposibilidad de desdoblamiento, siempre se irá cerrando en círculos buscando el punto de partida. Un retorno hacia sí, hacia el narrador sujeto-crístico, que si bien asume la realidad extraliteraria como contingente no hay otra alternativa que tomar la realidad literaria al pie de la letra. ¿Acaso será porque la gramática prescribe la forma de la oración, heredando el gesto de un ascenso en el que la sumisión a la “alta cultura” denota resistencia?: “marchaba siempre con la gramática a cuestas, chorreando lodo y agua, muerto de hambre y aterido de frío” (Memorias, Elías Castelnuovo, 1974). Difícil aventurar una respuesta cuando hablamos de un saber interrumpido. Pero si la consigna es, entonces, aprender a escribir, para esto nada mejor que la otra Biblia, la que se ocupa de las funciones que deben cumplir las partes de la oración, porque esta última asume por lo menos dos sentidos: religioso y gramatical.
Avanzando un poco más, se dirá que lo estético es esencial para no ser rechazado por un texto (a no ser que el programa imponga el rechazo mediante recursos preestablecidos). Se dirá también, que el lector rechaza aquel conjunto de palabras desplegadas por el cuento y la memoria, basadas en un moralismo pedagogizante. Estas premisas dejarían poco margen al lector acostumbrado al placer, porque se hallaría absorto ante un texto deserotizado, en el que se vuelve sobre la misma herida del yo, como si los trazos no dejaran de perseguir el mar sin fondo del miserabilismo. Pero no es esta la instancia (cómoda, por otra parte), en la que debamos denunciar las carencias de un libro: la misma conciencia de Castelnuovo lo hace explícito y recaer sobre ellas casi no tendría sentido. Porque si recorrido textual y espacio representado se buscan simétricamente en los ácratas signos de Castelnuovo es debido a que, al exponerse, al llenar un vacío con palabras cuyos significados destierran connotaciones, del mismo modo, el recorrido de lectura también será estrecho para el lector.
En los escritores “pobres” la demanda es llenar un vacío que es la carencia de la biblioteca: la hoja en blanco debe ser aprovechada, no debe haber derroche; por el contrario, y en una relación de otro tipo, el blanco es tan importante como los signos que sobre él se muestran. La pura mostración tiende a lo abstracto y a exponer como “manifiesto” la materialidad misma: también se lee allí donde no hay signos. Dos economías distintas. Escribir como si no fueran signos o como si fueran monovalentes por un lado, y por el otro, mostrar que se poseen otras leyes administrativas del espacio textual. En el primer caso, se advierte un reducido universo en el orden paradigmático de la lengua, por eso la palabra es tratada como cosa en un gesto referencial; en el segundo, la palabra pone en crisis su representación. De la mejor disposición de los signos en el discurso literario burgués (en el que la imaginación juega con la misma materialidad del espacio), a la impotencia o imposibilidad de acceder al Saber, pero entendiendo que no hay otro recurso, se amasa la letra. Aun sabiendo que, si las palabras son símbolos que postulan una memoria, ésta se constituye en otro sistema ideológicamente dominante. La pugna entre la etimología y el lunfardo.
La escritura, en tanto práctica apropiatoria, marca diferencias. En este punto intervienen multiplicidad de factores económicos, políticos, culturales, editoriales. Todas estas fuerzas hacen emerger la figura del escritor profesional, hecho que trae aparejado la autonomía del arte frente a la heteronomía social. Así, se tensan las fuerzas entre los saberes de la lengua y el saber de las cosas. Es el momento histórico en el país en que las prácticas y representaciones culturales de los “otros” se manifiestan transgrediendo los límites de la letra: los desclasados, el lumpenproletariado es lo monstruoso y lo amorfo que no tiene nombre. La ley del nombre, el derecho a tenerlo se rubrica en la instituciones del Estado que va entrelazando fuertes ideas de nacionalismo. En este contexto, los lenguajes circulan de acuerdo a las lógicas que los vehiculizan. Resumiendo un poco, una experiencia vanguardista del lenguaje se acerca a lo inteligible, y una vanguardia ideológica se acerca a comunicar una experiencia de vida. Estar perdido, inerme frente a una biblioteca fugaz, eventual y azarosa es la contracara a perderse “en” ella.
Conjeturas, sin duda, pero no certezas. Todo lo dicho y mucho más nos pone ante un obstáculo, nos impide avanzar y amenaza con desterrarnos cuando nos enfrentamos con estos textos que dicen desde el sujeto-crístico lo que “deben”, y desde el yo-narrador lo que “pueden”. Y aquí entramos en la decisión y en el imperativo del “impudor”. Castelnuovo se confiesa. Desdoblando la conjetura del “pueden” se articulan por lo menos dos connotaciones. La primera es la posibilidad planteada en una pregunta: “¿pueden?”, que a su vez tiene como respuesta la producción misma ante ella. Por otro lado, la lectura hace desviar la mirada a un tercero, ampliando el interrogante: “¿pueden escribir?”, a lo que otro supuesto lector podría responder: “dicen lo que pueden y como pueden”, respuesta ambigua, sin duda, o bien teñida por la misma moral del texto o bien cifrada en el prejuicio. En todo caso un plural que sale del texto y designa la alteridad degradada. La segunda connotación se va acercando a la ley: “¿tienen derecho a escribir?”. Sin duda, esta pregunta insinúa, antes que nada, lecturas. El derecho a una instancia superior urge un escalón que es necesario dejar atrás. Si entendemos la escritura como práctica que pone en juego relaciones con la subjetividad, ¿qué sucede cuando se manifiestan huecos en el saber?: la estupefacción ante la falta de elementos para aprender y aprehender, en este tránsito del saber interrumpido, deja como experiencia el recuerdo del deseo abolido, impulso que debe ser resignado por el que sabe que ignora, y que se encuentra ante la inexorable y denegada frontera de un imaginario que restringe la capacidad de producir, en el cruce entre la economía simbólica y las condiciones materiales para transitar la producción textual.
Publicadas por . a la/s 6:55 p. m. 0 comentarios
Etiquetas: Ensayos, Fabián Wirscke